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Todo por los abuelos. María Collado López.

Hemos recibido este delicioso relato que habla de los sacrificios familiares por lograr un futuro mejor para los hijos. La figura de los abuelos cobra un protagonismo especial en el texto y la imaginación de la familia para dejarles el mejor espacio de la casa nos ha hecho sonreír. Una historia cotidiana de aquellos tiempos que esperamos disfrutéis.

 

Los años 60 iban corriendo lentamente y la Alhóndiga y el resto de Getafe estaban aún separados por la vía férrea.

Mi familia estaba formada por mis padres y sus cuatro hijos, dos chicas, una servidora y un chico. Residíamos en un piso de tres dormitorios en la calle del Ferrocarril, en el margen de la derecha en sentido Madrid. Yo era aún muy pequeña, pero, lo suficientemente mayor para acordarme de que en mi casa se decidió que había que arrimar algún ingreso más al modesto sueldo de guardia civil de mi padre. Así que, por acuerdo familiar, se decidió montar una peluquería en el piso.

Aquella decisión, además de aportar un incremento en los ingresos familiares, intentaba asegurar el porvenir a mis hermanas y el mío, porque, además, con ello nos forjaríamos en un oficio que más adelante nos permitiría labrarnos un futuro. Para la apertura de la peluquería hubo, naturalmente, que sacrificar uno de los dormitorios. Esto nos originó un problema a la hora de gestionar los otros dos dormitorios, y, aunque un poco apretados, nos organizábamos más o menos bien.

El problema se hacía más patente uno de cada cuatro meses, porque…, uno de cada cuatro meses, a mi madre le tocaba cuidar de mis abuelos y se los traía a casa y ahí sí que no había forma de optimizar los dormitorios para tantos.

Las protagonistas de la imagen no son las hermanas Collado López pero podrían serlo. La imagen está tomada en ese "campo" que, según cuenta María Collado, cruzaban cuatro meses al año para ir a dormir. Al fondo bloque en construcción de la calle Eugenio Serrano. Foto : archivo Adela Sánchez Cuevas.

Las protagonistas de la imagen no son las hermanas Collado López pero podrían serlo. La imagen está tomada en ese “campo” que, según cuenta María Collado, cruzaban cuatro meses al año para ir a dormir. Al fondo bloque en construcción de la calle Eugenio Serrano.
Foto : archivo Adela Sánchez Cuevas.

La solución vino porque, mis padres con algunos ahorrillos, habían comprado un piso en la calle Eugenio Serrano, cuyas letras se iban pagando con la renta que el propio inmueble daba, ya que lo tenían alquilado a una familia.

Bueno… todo el piso no, el piso estaba alquilado excepto uno de los dormitorios, dormitorio que permanecía cerrado tres meses y que era únicamente ocupado por una de mis hermanas y por mí, solamente el mes en que mis abuelos nos visitaban.

Así, en uno de cada cuatro meses, noche tras noche mi hermana y yo abandonábamos el domicilio familiar para ir a dormir a la habitación reservada del piso alquilado, lo que no dejaba de ser un buen trajín todos los días.

En primavera, verano y principios del otoño lo llevábamos bien, para mí  lo peor era cuando llegaba el invierno, porque, sobre las nueve de la noche teníamos que salir de casa y cruzar todo el campo, (entonces no había pisos construidos como ahora).

Otra imagen de mediados de los años 60 en la que vemos el campo que años después se convertiría en la plaza Tirso de Molina. Se aprecian los senderos que por los que la gente pasaba habitualmente.  Foto: archivo Adela Sánchez Cuevas.

Otra imagen de mediados de los años 60 en la que vemos el campo que años después se convertiría en la plaza Tirso de Molina. Se aprecian los senderos que por los que la gente pasaba habitualmente.
Foto: archivo Adela Sánchez Cuevas.

En aquellas frías noches, en las que la iluminación pública no era como ahora, mi hermana y yo pasábamos bastante miedo hasta que llegábamos a la calle Eugenio Serrano. Algunas veces nos acompañaba mi padre, pero, otras muchas él estaba de servicio y teníamos que ir solas, pasando el consiguiente canguelo.

Llegábamos al piso, nos metíamos en la habitación sin tener excesivo contacto con los inquilinos, y, como no teníamos tele, mi hermana se dedicaba a hacer labores confeccionando poco a poco su ajuar haciendo sus mantelerías en punto de cruz, y yo, mientras tanto, hacía los deberes del colegio.

Después las dos, nos dormíamos en una cama de uno cinco bien juntitas, todo para que mis abuelos tuvieran una habitación libre.

En casa, mi hermana mayor dormía con el pequeño y mis padres en un colchón en el suelo de la peluquería cediendo su habitación a mis abuelos.

Con todos estos cambalaches conseguíamos que mis abuelos siempre tuvieran un sitio en casa.

Imagen de principios de los años 60 con una de las habituales nevadas de aquellos años. La calle Parla estaba sin asfaltar, al igual que la mayoría de las calles de Getafe. Al fondo, el campo, uno de los caminos que comunicaban con "el pueblo". Foto: archivo Juan Blanco

Imagen de principios de los años 60 con una de las habituales nevadas de aquellos años. La calle Parla estaba sin asfaltar, al igual que la mayoría de las calles de Getafe. Al fondo, el campo, uno de los caminos que comunicaban con “el pueblo”.
Foto: archivo Juan Blanco

Como anécdota contaré, porque no se me olvidará nunca, aquella mañana de Enero en la que, cuando nos levantamos nos encontramos que había caído una buena nevada y que el gélido frío de la noche había helado la nieve, convirtiendo las aceras y las calles en una pista de patinaje y cruzar la Alhóndiga hasta volver a casa se convirtió en toda una proeza con peligro para la integridad física, proeza por otra parte divertida porque afortunadamente no nos partimos la crisma.

María Collado López.

 

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