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La Alhóndiga en mi memoria III. Don Rufino. Antonio Morillas Jiménez.

Seguimos con los recuerdos de Antonio Morillas en los que no podía faltar una mención a la figura de Rufino de Castro. Aquí nos habla de su relación con tan añorado sacerdote y de cómo salvó a más de un obrero de la represión policial de la época.

Como pequeña muestra de aquellos acontecimientos, incluimos una foto de una de las multitudinarias manifestaciones vividas en Getafe en 1976 y un enlace que nos habla de la situación laboral de la industria del municipio al comienzo de aquel fatídico año.

 

Don Rufino

Un personaje esencial para ese niño de once años que vivió en el barrio fue don Rufino, el cura, un cura del pueblo que se mezclaba con la plebe y rehuía, en la medida de lo posible, a los más pudientes porque sabía de buena fuente que de ellos no sería el reino de los cielos.

Rufino de Castro en una imagen habitual en él, charlando con un vecino mientras su mano sujeta un cigarrillo. La foto está tomada junto a la verja de la iglesia de Fátima y apareció en varios medios de comunicación.  Foto: archivo Julián Sainero.

Rufino de Castro en una imagen habitual en él, charlando con un vecino mientras su mano sujeta un cigarrillo. La foto está tomada junto a la verja de la iglesia de Fátima y apareció en varios medios de comunicación.
Foto: archivo Julián Sainero.

Según le fui conociendo pude ir comprobando las muchas diferencias con el cura de mi pueblo, personaje curioso éste, estricto para que los demás observasen los mandamientos que él se saltaba a la torera; tanto es así que era conocido en las casas de citas de los pueblos cercanos y que después preñaría a una novia beata con la que terminaría casándose y abandonando los hábitos.

A mí, con once años, don Rufino me inició en el camino del agnosticismo un día que fui a acompañar a un amigo al que obligaba su madre a confesar, y yo, ya que estaba allí, también lo hice y así probaba de nuevo la hostia consagrada, que me estaba rica. Y fuimos a la ermita del barrio y le conté, después de todos los rituales que ya he olvidado -a él gracias-, que había sisado a mi madre las vueltas de la compra, que le había dicho gilipollas a un amigo y que le había dado una torta a mi hermano. “Niño, eso no son pecados. Venga, vete”, me dijo.

En el mismo acto, me aproveché de su benevolencia y me quitó otro peso de encima. Andaba yo con la conciencia revuelta desde que en el pueblo, unos años antes, tomé la primera comunión a muy temprana edad, por el capricho de los mayores de querer que la hiciese junto a mi primo, un año mayor que yo; es obvio que a esa edad el cerebro no está aún preparado para absorber la cantidad de aves marías, credos y otras letanías necesarias para el buen cristiano, y sólo me aprendí el más asequible padrenuestro. Cuando me confesé para tan esencial acontecimiento, el cura del pueblo, ante la inabarcable cantidad de pecados de un niño de seis o siete años, imagínense, me ordenó expiar mis culpas rezando un padrenuestro, un credo y un avemaría. Y como yo sólo había aprendido el primero, para compensar lo que no conocía recé cinco o seis.

Anduve con el pecado de la desobediencia o de la penitencia no cumplida hasta que se lo comenté ese día a don Rufino y me quitó el problema con sus saberes de sabio: “Niño, si tenías seis o siete años cuando tomaste la Comunión, habría que excomulgar a tus padres por insensatos. Tú, no te preocupes, que demasiado rezaste.” Y así se acabó mi pesar y ya nunca más volví a contarle a nadie con sotana mis pecados: me los cuento a mí mismo cuando me acuesto y también me pongo la penitencia. Y no me va muy mal porque suelo dormir tranquilo.

Don Rufino era uno más entre los hombres y mujeres del pueblo sufridor de aquella época, principios de los setenta. Era habitual verle escondiendo en la parroquia a los huelguistas de las obras del barrio para que no cayeran en manos de la guardia civil, o bajando al cuartel, o desplazándose a Madrid, para interceder ante las autoridades por los muchos luchadores antifranquistas que huelga tras huelga caían presos.

 

Manifestación de apoyo a los trabajadores de C.A.S.A. a su paso por la plaza General Palacio en el año 1976. Foto: archivo Francisco Díaz Fernández.

Manifestación de apoyo a los trabajadores de C.A.S.A. a su paso por la plaza General Palacio en el año 1976.
Foto: archivo Francisco Díaz Fernández.

Frecuentaba los bares como uno más, tomándose un chato, o un cafelillo en el Mesón de los Conejos en la calle Leganés o en el Dávila, o en el Torijano de la calle Perdiz, o en el Sierra de los pisos de neveras, famoso por sus bravas; incluso le vi entrar en el bar Muñoz de la calle Oca, muy frecuentado por la vecindad de aquella época del barrio, y en el que, en cierta ocasión, un uruguayo huido de la justicia se atrincheró detrás de su barra huyendo de la guardia civil, y, tras ser capturado, se le escapó de las manos al cabo Gervasio, que de intrépido no tenía nada, y fue él quien acabó escondiéndose del forajido detrás de la barra del bar. Consiguió huir en la Adeva que iba para Madrid y le detuvieron en Orcasitas. Lo que quedó en entredicho en esa acción fue la poca pericia del cabo Gervasio que dejó escapar al forajido, decía que “para evitar una masacre”.

 

Continuara…

Antonio Morillas Jiménez, mayo 2014.

 

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